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OPINION. Acerca de la Educación / ¿Es Necesaria? /

Por: Enrique Velázquez Martínez

Recuerdo en aquellos lejanos ochentas, cuando mi padre se enojaba con alguna persona adulta. Su enojo era más pronunciado cuando la persona con quien se disgustaba tenia estudios de secundaria, prepa o universidad; incluso, mis hermanos mayores no escapaban al sermón (debo decir que mi padre sólo alcanzo el tercer grado de primaria). Pero el remate con que terminaba su discurso era: "No sé qué les enseñan en la escuela; no sé a qué van..."

Pasó el tiempo e ingresé a bachillerato, entonces le agarré cariño al estudio. No sabía por qué iba, pero, según palabras de mi padre, era bueno y necesario. Así, logre titularme en Medicina Veterinaria. Posteriormente, terminé la carrera de Ciencias de la Comunicación. Esta última, motivó preguntas de personas que me rodeaban: ¿Y para qué vas a estudiar otra carrera? ¿Ya estás viejo para eso? ¿No te aburres de ir a la escuela? ¡Lo que es no tener quehacer! ¿Es necesario e importante que vayas otra vez a la universidad?, y frases por el estilo. Debo decir que las críticas destructivas siempre me han valido tanto, como el bienestar del obrero a los diputados. Pero, el tiempo no pasa en vano y a veces me pregunto si es necesaria la educación.

Cuando niño, admiraba mucho a mi profesor de sexto grado. Nos enseñó a jugar, según él, básketbol, futbol, volibol; nos llevaba de excursión a los "llanos" de la zona para correr a nuestro gusto. También nos enseñó a leer; es decir, nos ponía a leer fragmentos de libros y poemas. A veces, él leía los poemas engolando su voz. Recuerdo con mucho cariño cuando leía "El idilio de los volcanes", curiosamente escrito por un peruano: "José Santos Chocano". Este profesor nos decía la importancia que tenía el estudiar: "para que fuéramos hombres de provecho"... ¿será...?

Curiosamente, el diccionario de la lengua española lo refiere solamente a niños y jóvenes, a saber: Educación.- Acción y efecto de educar. Enseñanza que se da a los niños y jóvenes. Y como educar define lo siguiente: Educar.- Dirigir, encaminar, doctrinar. Desarrollar y perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven. Desarrollar las fuerzas físicas. Perfeccionar, afinar los sentidos. Enseñar los buenos usos de la urbanidad y cortesía.

Siempre he creído que un buen guía, un buen profesor o un buen instructor, entre más sea su bagaje de conocimientos, entre mejor sea su coeficiente intelectual, sus educandos serán mejores. Así también, si es el caso, el grupo de subalternos tendrán un ejemplo a seguir... Pero, ahora, tengo mis dudas.

En el terreno político, he creído ciegamente que para poder guiar, asesorar, representar, ejemplificar, conducir, manejar, estimular, persuadir y hacerse respetar ante un grupo de personas, un político debe poseer una escolaridad universitaria, además de un coeficiente intelectual promedio; ambas cosas comprobadas. Pero, ante mi asombro, he observado, con pena ajena, cómo se han denigrado los recintos parlamentarios ante la llegada de sujetos que no tienen absolutamente nada qué hacer ahí. Dicho sea con todo respeto, pues como personas merecen mi respeto y el de muchos; pero, como representantes políticos de un pueblo, pareciera una broma de mal gusto.

Recuerdo la llegada de la "Tigresa", Irma Serrano a una senaduría por su estado natal. El boxeador, Raúl Macías "El Ratón" ocupó una curul en la Cámara Baja. En la actualidad, Ana Guevara, ocupa un escaño, aún cuando en la apertura de la XVII Legislatura, ni siquiera sabía dónde se encontraba el recinto.

Pero cuando hablo de hombres estudiados, la sorpresa y desilusión me retan. De fuentes conocidas, se afirma que José López Portillo era un lector consumado y que su coeficiente intelectual estaba por encima del promedio; que le gustaba mucho leer acerca de la historia de México; sin embargo, los resultados entregados al pueblo  mexicano, su llanto hipócrita en la Cámara de Diputados y su frase: "ya nos saquearon; no nos volverán a saquear", parece una ironía sacada de algún texto de Nicolás Maquiavelo.

Dicen los allegados de Carlos Salinas de Gortari  que éste era (o es, ya no sé) también poseedor de un coeficiente intelectual arriba del promedio, a quien le gustaba disertar acerca de temas mundiales. Economista egresado de la UNAM, dicen los maledicentes, que fue Estados Unidos el cual lo echó a perder, al realizar un posgrado en Harvard. Lo único cierto, es que con Salinas, México entró al mal llamado "liberalismo", donde, a grandes rasgos, los ricos son más ricos y los pobres más pobres.

Vergüenza hacia el mundo por este tipo de sujetos, intelectualmente hablando. Los países desarrollados nos miran por encima del hombro: "Comes y te vas", "lavadora de dos patas", "arreglo lo de Chiapas en 15 minutos", "cambiemos de raíces sin cambiar de raíz", "Jorge Luis Borgues". Sólo en México, creo, es posible que un hombre así, juegue a gobernar a 100 millones de mexicanos. Aunque no le resta en méritos el señor que ganó "haiga sido como haiga sido", y quien afirmó que "el SME y los trabajadores son un peligro para México; también afirmó que "Michael Jackson murió por consumir drogas y no creer en Dios" y que terminó su sexenio "ganándole la guerra al narco".

En la presente Legislatura, ironías de la vida y el mundo al revés: tenemos a la diputada perredista, Yuriri Ayala, quien en el colmo de la burla, no obstante de tener 10 años matriculada en la UACM sin terminar sus estudios, ¡está incluida en la Comisión de Educación en la Asamblea Legislativa! Por respeto a sus principios pseudo izquierdistas, por sentido común, la señora Ayala no debió aceptar ese cargo ¡desde un principio!

Y la columna vertebral de este tema: la persona quien dirigirá el país durante seis años, no es capaz de mencionar ¡tres! libros. Su pésimo inglés lo deja mal parado ante un infante de sexto grado de cualquier colegio particular. Tampoco escuché alguna disculpa o algo parecido cuando su hija nos insultó llamándonos "prole". Confío (otra vez) ciegamente en que sus asesores tomarán cartas en el asunto y pondrán al susodicho a cursos intensivos... no es ironía: nuestro país lo necesita. Afortunada o desafortunadamente, estará despachando en Los Pinos durante seis años y lo menos que podemos esperar los mexicanos es una rectificación educativa e intelectual de su parte.

No es ironía, (sino realidad, conste) que a mis alumnos de bachillerato les ponga como ejemplo la ignorancia (de ignorar) bíblica (de libros, no confundir con el librote por las que todas las religiones pelean) del preciso y los conmine a leer. Hice mi top ten para mis alumnos. Les dije que si, por lo menos, en toda su vida leían estos diez libros su profesor se daba por bien servido: Rusia, Fedor Dostoyevski; Los Hermanos Karamazov. Francia; Víctor Hugo, Los Miserables. España, Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Inglaterra, William Shakespeare, Hamlet. Estados Unidos, Edgar Alan Poe, Narraciones Extraordinarias. Argentina, Ficciones, Jorge Luis Borges. Uruguay, Horacio Quiroga, Cuentos de Amor, locura y muerte. Colombia, Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. México,  Juan Rulfo, El llano en llamas. México, Juan José Arreola, La feria. Por supuesto que faltan demasiados, conste que fue un consejo para mis alumnos, pero si alguien quiere seguir este ejemplo, adelante.

La escueta conclusión sería que la escuela y la educación no son determinantes para dirigir a un país, sin embargo, yo seguiré creyendo ciegamente en los libros y, por supuesto, en los hombres que se valen de aquéllos para dirigir a su pueblo. Seguiré poniendo mi granito de arena para persuadir a mis alumnos, amigos y lectores, en la importancia de la educación.

En el ocaso de su vida, a sus 82 años, miro con orgullo a mi padre, sentado en su "mesa de trabajo", arreglando cualquier cosa de utilidad para la crianza de sus gallinas o su siembra casera de cilantro, yerbabuena, chilacayote, epazote y nopales. A quien a punto estuvo de sucumbir ante las debilidades del ser humano: en su juventud, cuando obrero, un amigo (Abraham Martínez Rivero, quien llegó a ser senador de la República) lo invitó a ser miembro de su sindicato laboral: "vas a tener zapatos nuevos, traje nuevo, tu sueldo y no vas a trabajar", le habían dicho. Palabras más, palabras menos, mi padre respondió que nunca traicionaría a sus compañeros, que nunca iba a vivir a costa del trabajo de sus compañeros obreros; mi padre: un campesino-obrero quien sólo estudió hasta tercer grado de primaria.